VIAJE
A VALLADOLID. 10/11 JUNIO 2023
Hemos ido en el coche antiguo de Jose Antonio porque era el más cómodo. Así las tres que íbamos en los asientos de atrás, Trini y las dos Palomas, teníamos suficiente espacio para movernos y estirar un poco las piernas. Francisca y Jose en la delantera. El viaje, rápido y sin novedad, por el chofer tan competente.
Al llegar llamamos a Susana para darle la dirección
del Hotel Zentral Parque y quedar con ella en algún sitio de la ciudad. Nuestra
amiga se apresuró en pasar en coche por el hotel y dejarnos en recepción unas
botellas de vino clarete de Cigales, que recogimos más tarde. Es que la
generosidad de Susana es proverbial. Está en todo pensando en los demás.
Quedamos con ella y con Cesar media hora más tarde en la
plaza de Zorrilla. Tuvimos que cruzar un frondoso parque, Campo Grande, con
presencia de pavos reales, para llegar hasta allí. La plaza con enorme fuente,
estatua de Zorrilla y el nombre de la ciudad en grande y cubierto de verde fue
lo primero de toda una serie de monumentos que íbamos a ver en los días
posteriores.
Encuentro con Susana y Cesar. Primeras fotos con la estatua
de Zorrilla, la fuente, el nombre de la ciudad y, al fondo, la fachada de la Academia
de Caballería (advierto a las lectoras que los nombres de los edificios y las
fachadas los tengo un poco revueltos por lo que no será extraño que más de una
vez meta la pata). Seguimos hacia la plaza Mayor donde tenían puesta la feria
del libro. Después callejeamos con nuestros anfitriones que nos fueron
enseñando los sitios de las mejores tapas del lugar y así pudimos degustar
entre otros, pinchos de oreja, tan buenos que la oreja ni se notaba,
albóndigas, bocaditos de jamón, torreznos y otras tantas delicatessen,
acompañadas del vino de Cigales, fresquito y que como entra tan bien perdimos
la cuenta de cuantos llevábamos. Entre copa y copa nos dio tiempo para visitar
la casa de Cervantes, reproducción de una casa del siglo XVII, con sus muebles,
sus cocinas, y sus enseres.
También vimos una exposición de dibujos de los grandes
artistas del siglo XX, Picasso, Dalí, Max Ernst, Giacometti y otros tantos que
no recuerdo, pero no menos importantes. Era una donación de Françoise Gilot,
una de las mujeres que tuvo Picasso, pintora y con la que mantuvo buena
relación toda su vida. Muy interesante. Pasamos también por la plaza de España donde
estaban recogiendo los puestos del mercado de verduras.
Cesar nos iba enseñando los principales monumentos de
Valladolid. Catedral vieja, fachada de la Universidad, San Gregorio, San Pablo,
etc. Estaban cerrados o a punto de cerrar así que los dejamos para el día
siguiente. Nos metimos a un sitio de tapas exquisitas, de diseño. Yo pedí algo
como un tigretón, compuesto de morcilla, queso y alguna cosa más que no
recuerdo, envuelto en una masa de burrito mejicano, que estaba buenísimo. Fuimos
también al Casino, un sitio tranquilo y bellísimo. Muy contentas y felices estábamos,
pero se nos impuso una dura realidad. Eran las 5,30 y no podíamos con nuestra
alma, (ni con nuestro cuerpo). No tuvimos más remedio que reconocerlo y ante la
sorpresa de nuestros anfitriones les comunicamos que teníamos que volver al
hotel para descansar un rato. Así lo hicimos, reanudando la marcha por
Valladolid a las 7.
Susana y César nos llevaron a ver algo que no hubiéramos creído que pudiera estar en Valladolid, una galería modernista, pasaje Gutiérrez, al estilo de las que hay en Paris, con todo el pasaje cubierto por techo de maderas y cristales muy de art decó, al igual que todos los establecimientos, esculturas, como la del cuento de Pablo y Virginia o de Mercurio, lámparas, etc. Todo precioso, muy bien cuidado y restaurado. Por lo que nos contó Susana había sido abandonado durante más de 50 años y la restauración comenzó en los años 80. Le han sabido sacar adelante y hoy es de las cosas más sorprendentes de Valladolid.
La visita a la exposición de dibujos
donación de Françoise Gilot creo que tiene lugar en estas horas y no por la
mañana. Bueno vosotras sabréis ubicarla. Seguimos recorriendo la ciudad. La
catedral Vieja, con esos muros a medias de hacer, después de haber empezado por
los pies, para terminar en la cabecera de una iglesia ya construida. Parece que
el encaje de los dos edificios no se les dio bien y así lo dejaron, con los
muros vistos desde el exterior, un poco caóticos. Las fachadas de Gótico
isabelino de algunos edificios son un prodigio de cresterías y encajes de
piedra. El estilo Renacimiento de la fachada de la Universidad, hoy facultad de
Teología, y la iglesia de cúpula de gallones de Santa María la Antigua son
edificios magníficos. De todo esto podréis recordarlo mejor viendo las fotos,
porque a mí la memoria como vais comprobando me falla.
Seguimos tomando algunas tapas, con
un Valladolid lleno cual Madrid en viernes, pero a pesar de todo conseguimos
sentarnos para cenar en El Herrero. Eran más de las 10, pero nos atendieron con
amabilidad y premura. De la cena recuerdo unas mollejas de cordero, que a mí me
gustaron muchísimo y que a otras de vosotras nada. Cada uno que recuerde lo que
comió. Todo fue rico, abundante y variado, incluidas las ensaladas. Llegados a
este punto, casi las 12 de la noche, nos pusimos caminito al Hotel acompañadas
de Susana y Cesar de los que nos despedimos a la entrada del parque
agradeciéndoles todas su generosidad y cariño que nos habían mostrado.
Como dato curioso a mis queridas tertulianas
os diré que había observado durante el recorrido que por más que César, gran
conocedor de los edificios y el arte de Valladolid, quería darnos información
sobre los que estábamos viendo, le era prácticamente imposible. Las
interrupciones, preguntas, desvíos de la conversación, opiniones, etc. eran
continuas por parte de las oidoras, impacientes por saber más o por querer
saber otras cosas o por sabe dios qué, pero que no había forma de que César
completara una explicación. Vamos, más o menos, como en la tertulia… Bueno,
pues así somos y qué bien lo pasamos.

A la mañana siguiente después del
desayuno, Nos dispusimos a ver lo que traíamos ya previsto: El museo Oriental, el
museo de Escultura, y la casa de Zorrilla.
El Oriental estaba cerca del Hotel.
Fuimos andando y tuvimos que aguantar una filípica de una tonta del culo, sobre
su idea de que los jubilados deberían pagar más que los demás en los museos
porque son los que más dinero tienen. Pasada la puerta de esta joven
cancerbera, que no es la encargada de dar las entradas, sino el hombre que
vimos después que debe ser el más longevo de los agustinos, puede ser unos
ciento y pico de años, que tampoco nos enteramos de lo que decía o quería
decir. Bueno, las salas y los objetos expuestos traídos por los agustinos de
China, Japón y Filipinas son de los mejor que se pueda ver en España. Todo son
piezas únicas a cada cual más bonita, más lujosa, más interesante. Creo que
Francisca hizo fotos de esculturas, piezas de marfil, abanicos, kimonos, etc. Era
como para pasar varias horas, pero había que aligerar.
Tomamos un taxi, mejor dicho, dos,
para ir al centro de Valladolid. Allí entramos al museo de Escultura, con la
obra de Gregorio Hernández y toda una recopilación que han hecho de las mejores
esculturas de imagineros españoles desde el Románico hasta el siglo XVIII. Está
la Magdalena de Juan de Juni que sale en todos los libros de arte. Amén de
otras imágenes menos conocidas, pero igual de interesantes de Berruguete, Pedro
de Mena, y vírgenes con niño de autores desconocidos, etc.
Tuvimos que correr
porque teníamos hora para ver la última visita guiada de la casa de Zorrilla.
Llegamos a tiempo y pudimos dar un paseo por el pequeño jardín, muy bien
conservado y muy apetecible porque hacía un calor de verano, y darnos una sorpresa
con el “Quién va”, que suelta la figura de bronce de la entrada. Muy amena la
visita. Muy bien explicada. La joven guía se recreó en contar tanto la historia
de la casa, el nacimiento de José Zorrilla en ella, la vida de sus padres, y,
en general, la vida de la burguesía en la ciudad de Valladolid durante el siglo
XIX.
Los objetos curiosos de la casa, la pajarera en el recibidor, la cocina de arriba, la cama y el dormitorio pequeños, el salón con las lámparas, los quinqués, los sofás isabelinos del salón de las visitas, etc. Y también la corona de laurel sobre un cojín, única superviviente de las diversas coronas de laurel que se le dieron en vida y que al final de su vida las regaló o vendió porque aparte de feas, mamotretos e incómodas de guardar no le reportaron ningún beneficio económico, cosa que hubiera agradecido más.
Era obligado comer
algo antes de salir hacia Madrid y los restaurantes estaban bastante llenos.
Encontramos uno con una terraza aceptable en la que no iba a dar demasiado el
sol y ahí nos sentamos. Para nuestra sorpresa, en un momento de viento tuvimos
que sujetar la sombrilla porque se elevó peligrosamente del pedestal. Parecía
que habíamos conjurado el peligro y comimos las raciones, ni buenas ni malas,
un poco escasas, que nos pusieron cuando los de la mesa de al lado se
levantaron rápidamente para sujetar su sombrilla que, esta sí, se había salido
del soporte. Ni cortos ni perezosos los
dueños decidieron recoger todas las sombrillas, para evitar males mayores y nos
dejaron a pleno sol, sin posibilidad de decir ni mu. Afortunadamente vino una
nube y nosotras terminamos pronto, pagamos y salimos hacia el Hotel.
En la vuelta, confiando
en nuestro chofer, estuvimos un poco adormiladas, tranquilas, felices por haber
visto a Susana que se está amoldando a su nueva vida y por haber pasado el
finde de esta manera tan agradable, conociendo una ciudad que merece la pena
conocer y acompañadas por nuestros excelentes anfitriones.
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